jueves, 8 de agosto de 2019
Kevin Spacey
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lunes, 31 de agosto de 2015
El Pulgón
Nació cuando no se deber nacer: en plena preguerra y se
quedó huérfano en el peor momento: en plena guerra. Su familia, republicana, no
había podido huir como lo habían hecho el sector nacionalista. Estos manejaban
más dinero, más influencias y supieron pegarse el aletazo a tiempo, además la
República no era cosa suya, era un inconveniente temporal del que deshacerse, en
su momento, en el camino a la independencia. Los republicanos cayeron como
moscas intentando escapar con lo puesto y defendiendo lo que habían construido con
tanto esfuerzo. Era su República, por eso nadie les ayudó, ni tan siquiera sus
presuntos compatriotas, los nacionalistas. Todo esto se resume en una frase
memorable de Alfonso Guerra: “Nunca debimos fiarnos de los nacionalistas”.
Sobrevivió acogido por una familia que no tuvo más afecto
que el necesario a un niño en esas circunstancias: una boca más.
Ya adolescente y con el retorno pactado de los
nacionalistas, fue acogido por su familia euskaldún a quienes no les hizo
ninguna gracia encontrárselo entre las propiedades a recuperar, pero al fin y
al cabo, los lazos de sangre siempre tiran atan algo, aunque no dejaba de ser un
elemento ajeno al que familiarmente y a la cara llamaban “el Pulgón”. Siempre
es conveniente dejar las cosas claras y evitar confusiones desde el primer
momento. Cada cual en su lugar.
El Pulgón creció, estudió y encontró a una mujer con la que
se casó, tuvo dos hijos y una hipoteca de un piso de protección oficial en un
bloque de casas casi al borde del límite de la ciudad, rodeado de campo y
huertas que fueron desapareciendo con el tiempo, sustituidas por más bloques de
viviendas en un barrio que empezó a ponerse de moda y adquirir cierto tono de “burgués
con posibles”, cuando no directamente rico.
Pese a construir aquel espacio donde crear su propia
familia, el Pulgón no fue capaz de superar las terribles carencias sufridas en
su vida, y aunque de carácter bondadoso era un pesado empeñado en que “todo”
saliera adelante. Los hijos volaron del nido cuanto antes y más lejos mejor.
Aquellos adorables retoños se reprodujeron y, de vez en
cuando, iban a visitar a la abuela y al Pulgón. Un buen día la abuela se murió
de lo que se muere la gente, de muerte. Intentaré explicar esta simpleza: Es como
el VIH, que quienes lo padecen no se mueren de SIDA, sino de otra enfermedad
que no pueden superar y se mueren de muerte, aunque se hayan muerto de asco, de
pena, o de alegría, que también ocurre. Lo más difícil es morirse de risa, hay
que llegar a un grado casi imposible de alcanzar de cinismo. La cuestión es que
el Pulgón se quedó nuevamente solo. Los nietos se hicieron mayores y ya no querían
irle a visitar y oler pis rancio. Sus hijos “por fín habían encontrado el
momento de volver a disfrutar de sus vidas”, como si el hecho de tener hijos
fuera un paréntesis impertinente e inevitable en el que el transcurso vital se
interrumpiera atendiendo a unos mamones que no te dejan ir de vacaciones, a
cenar fuera, o al cine, ya que la preocupación con ellos es constante. Así que
el Pulgón continuó viviendo por sus propios medios hasta que la edad comenzó a evidenciar
sus debilidades físicas y uno de sus retoños, el que menos le detestaba, se
encargó de buscarle una persona que le ayudara en las tareas del hogar, una
sudamericana que se preocupara de la limpieza del piso, de cocinarle, de esas
cosas que a un hombre, ya de por sí, se le presupone incapaz de preocuparse, y
si además está afectado por la soledad y la tristeza aún más. Las disputas
fueron constantes hasta llegar a los insultos, quien sabe si al maltrato
físico. A una asistenta siguió otra y otra, hasta que un buen día el Pulgón
salió de casa con una maleta que llevaba su hijo en la mano. Se cruzó en el
portal con algún vecino al que le contó que lo llevaban a una residencia de
ancianos, donde estaría bien cuidado. “Yo no quiero ir, pero estos se han
empeñado en llevarme, dicen que voy a estar mejor atendido, aunque yo me valgo
por mí mismo, pero se han empeñado y qué le voy a hacer”. No le faltaba razón:
Era capaz de ir a diario al supermercado y comprarse unos yogures y alguna
pieza de fruta. Era insuficiente. Ya todo era insuficiente. Alguna vez regresó
a su casa, con su llave, y pasaba sentado la mañana, pensando en quien sabe qué.
La última vez que le vieron visitando su casa, enjuto, lívido, ausente, con un
hilo de baba en su labio inferior, iba sentado en una silla de ruedas, que
empujaba su hijo, el Pulgoncillo. Habían transcurrido un año desde su viudedad
y tres meses de su salida del hogar. A
los llantos siguieron los gritos entre las cuñadas. Pero esto ya forma parte de
la llegada de “Los zánganos”.
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miércoles, 22 de abril de 2015
De la Escuela de Idiomas
Este texto que viene a continuación es una carta remitida a los medios de comunicación impresos en Navarra, dos, y que proviene de la indignación que producen las gestiones cuando no se hacen, a mi juicio, bien.
Tras haber leído la noticia y
declaraciones de la directora de la Escuela de Idiomas de Pamplona sobre el
posible adelanto de la finalización del curso por la excesiva matriculación de
alumnos por libre de inglés y Euskara, no me resisto a manifestar que los días
que hemos pasado los alumnos a costa de la rumorología y falta de noticias
oficiales han sido tan indeseables como la incapacidad de gestionar un problema
que para cualquiera de nosotros era tan fácil de resolver como el aplicar un
número limitado de matriculaciones, como en la enseñanza oficial, o haber
previsto el refuerzo de profesorado con antelación, ya que por la vía de
anticipar la finalización del curso solo hacía pensar que el próximo año este
acabaría en Semana Santa, o antes y al albur de no se sabe si la dirección o la
consejería de educación. Qué solución buscar, lesionar el calendario laboral de
los trabajadores, o el calendario lectivo y provocar las iras del alumnado y
alimentar las excusas de pancarteros, asamblearistas y autores de anónimos que,
para colmo, se cuelgan en los tablones de la Escuela y en los que incluso se
critica al profesorado por motivos ajenos y por hacer su trabajo, y ya de paso,
desestabilizar la paz del centro. Ni se ha contado con el Consejo Escolar (Sra.
Caballero, en cuántas actas figura su ausencia), ni con los Delegados de curso,
entre los que me encuentro, a los que nos ha llegado la información de la
continuidad del curso como estaba previsto esta misma mañana, cuando ya lo
habíamos leído en la prensa. Una vergüenza para un centro que ha costado mucho
levantar y que no se merece estas gestiones. También podríamos hablar de la
privatización del CEIN, pero ese es otro tema.
Atentamente.
Ubicación:
Pamplona, Navarra, España
sábado, 14 de marzo de 2015
Los momentos sollozantes
.
¿Ya sabes qué día es hoy, eh, ya sabes? Martes, contestó
por contestar.
Hacía tiempo que había dejado de mirar el periódico para
saber qué día era. De pronto alguien decía que era sábado y todo le seguía
dando igual.
No, no es martes, dijo la voz que le había traído al mundo
externo desde la penumbra de su cueva. Allí estaban, aseando con esponjas y
secando su enjuto cuerpo mientras parloteaban. “Es tu cumpleaños” decían y se ponían a cantar
de manera infantil una canción de felicitación. “Hoy habrá postre especial” escuchó
mientras le limpiaban los genitales y en su mente apareció la imagen de Jonás,
aquel hijo de no recordaba quién, tan cariñoso como hermoso. No encajaba la
delicadeza y el afecto con que le trataba con aquella hermosura atlética
embutida en unas ropas ajustadas que marcaban todos y cada uno de sus fibrosos
músculos y que le hacían perderse en la visión de los pectorales y aquellos
pezones siempre sobresalientes, siempre envueltos en una mezcla de olores
hormonales y perfume de jabón. Fue el último en ir a visitarle en casa. Se
sentaba junto a él y leía en voz alta los libros que su mano temblorosa no podía
sujetar con la firmeza necesaria para poder hacerlo por sí mismo. Voltaire
leído por Jonás y sus seductores pezones: Momentos gloriosos. “Disfunción
cognitiva” dijo alguien y otro alguien sollozó. Siempre pensó que el gemido no
había sido por él, sino por ese alguien sollozante, seguramente pensando en sí
mismo viéndose en esa situación. No era un sollozo misericordioso, era egoísta.
Había elaborado un amplio catálogo a lo largo de su vida, pero ya no lo
recordaba. Aunque llegó a pensarlo nunca lo escribió, le parecía una inmensa
estupidez con la que se distraía en los momentos sollozantes, como los llamaba
él. Podría haber sido un buen título: “Los momentos sollozantes”. Tal vez para
una película de Almodóvar, pero quién iba a leer algo así.
El olor de aquella mezcla de verduras y carne hecha puré lo
devolvió por un momento al mundo exterior. Aquella basura verde no sabía a
nada. Las prótesis, los medicamentos habían matado su paladar dejándolo en un
permanente sabor amargo que impedía el más mínimo deleite. Pero el olfato. El
olfato no podía ignorar aquel mejunje. Sentía la opresión del lazo del babero,
el empuje de la cuchara en sus labios, empeñada en meter en su boca aquella
masa insípida, pero él tenía sed, quería agua, nada más que agua. Aquella burra
que le obligaba a comer no entendía sus deseos y el forcejeo acabó salpicando
su cara por la bazofia. Aspereza de la servilleta limpiando, voces anunciando
su cumpleaños, cantos estúpidos entonados por voces desafinadas. Alguien quería
que soplara, pero no tenía fuerzas, su aliento era el justo para respirar.
¡Basta! Pensó. El presente despareció y Voltaire, Jonás y sus pezones regresaron
para confortar, otra vez, otra vez, de nuevo estaba allí, el olor, Jonás,
alguna caricia, su voz, le estaba leyendo a Voltaire. Era real. Había venido a
hacerle feliz. No era un momento glorioso, era la gloria. Un momento perfecto
para estar. Siempre.
Buscamos la felicidad, pero sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo que tienen una.
Voltaire.
sábado, 11 de octubre de 2014
Viejunos
Nunca había
imaginado que en la antaño cosmopolita y vanguardista Barcelona, hoy convertida
en una ciudad provinciana que solo se mira a sí misma y desprecia como extraño
todo lo demás, nos iban a “recomendar” que aquel local no era adecuado para
nuestra edad, que era un espacio para jóvenes en el que no teníamos cabida.
Habíamos
salido del Teatro, de ver el magnífico trabajo de Asier Etxeandía en “El Intérprete”
y lo único que deseábamos era tomar una cerveza antes de retirarnos al hotel. Era
la hora de la cena y los locales estaban todo lo llenos como es habitual un sábado;
de pronto dimos con un tugurio que yo recordaba de alguna guía y decidimos
entrar. Allí nos trataron de viejos, de inadecuados para mezclarnos con jóvenes:
“Este local es para gente joven”.
No
reaccionamos como sería habitual, montando un pollo por discriminación, sino
que incluso intentamos razonar con los dos porteros lo “irracional de aquella
discriminación generacional”, pero solo sirvió para que finalmente nos dijeran
que entráramos si nos daba la gana y pagábamos la entrada, aunque nos
recomendaron un club cercano donde podíamos encontrar servicio de pago. No sólo
éramos viejos sino que nuestra relación solo era posible previo pago.
Tomamos la
última cerveza sin alcohol en el bar del hotel, compartiendo espacio con
ingleses y japoneses, intentando encontrar sentido a la anécdota en medio de
nuestra estupefacción. Decidí tomar el suceso como una metáfora más de lo
ocurrido en la provinciana Barcelona: No eres de los nuestros y solo nos
interesa tu dinero. No tienes nada más que aportar.
Así son las
cosas y así les vemos. Lástima.
La libélula
Apareció de
pronto. Suspendida en el aire la libélula entró y fue directa al centro de la
cafetería y allí cayó en vertical al suelo. La veía agitar sus patas intentando
ponerse sobre ellas en el suelo, levantar sus alas, remontar. Se paró y
comprendí que había muerto.
Repasé lo
que había pensado desde que la vi cerca de mi cabeza, el deseo de que alguien
la golpeara quizás con un periódico, de que la pisaran contra el suelo y dejara
de sembrar el miedo entre los clientes del local, que aún no se habían dado
cuenta de su presencia, y ahora había visto su muerte fulminante mientras
volaba y contemplaba el cadáver en el suelo. Estaba atónito incapaz de apartar
la vista del insecto, tal vez deseando que se reincorporara sobre sus largas
patas y remontara el vuelo para sentir alivio y un nuevo deseo de que alguien
la matara. ¿O no? ¿Me dejaría llevar por la compasión y la alentaría a que
volara y saliera del local a la calle? ¿Por qué había entrado? ¿Era consciente
de su próxima muerte y buscaba refugio donde morir, tal vez al calor de las máquinas?
¿Podía ser consciente un insecto de que su final estaba llegando, de que ya no
iba a vivir más? Los animales lo son, dejan de comer y beber, se apartan a un
lugar que les proporcione seguridad, confort en sus últimas horas. Como lo
hacemos nosotros. ¿Por qué no iba serlo entonces aquella libélula?
Acabamos
nuestro café y nos levantamos, yo seguía mirando aquel cuerpo, como hipnotizado
por lo que había visto. Salimos y no he podido olvidar el repentino final del vuelo
y la caída vertical contra la baldosa del suelo. ¿Qué fue de ella? ¿La pisó alguien?
¿La recogió la escoba y la pala de la basura cuando barrió alguna camarera?
Todo esto carecería
de sentido si la muerte no estuviera tan presente últimamente en nuestras vidas.
¿Qué fue de la libélula?
sábado, 27 de septiembre de 2014
El Goberno
Como de costumbre, reduje la velocidad al tomar la curva en
previsión de que el semáforo estuviera en rojo. Lo estaba. Dos vehículos me
precedían y el vendedor de pañuelos de papel que siempre se encuentra en la
calzada poniendo en riesgo el tráfico, en esta ocasión no nos prestaba atención
a los conductores, sino a unos operarios de mantenimiento de jardines, que
estaban podando los setos de la mediana. El romaní no cesaba de insistirles en
que cortaran la maleza que hay en la zona donde guarda sus pertenencias, y los
operarios no cesaban de ignorarle.
Como seguía siendo el último coche de la fila y tenía al romaní cerca, no pude reprimir la necesidad de increparle, así que saqué la
cabeza por la ventanilla y le grité que “para exigir primero hay que pagar”, esperando en vano que razonara que con su lucrativa actividad los impuestos que percibía
la comunidad eran cero, o menos cero, ya que es probable que el sujeto cobre algún
tipo de ayuda social. Como era de esperar, el sujeto no se calló sino que empezó
a gritar: “El Goberno, El Goberno”.
Mientras aquel individuo seguía aullando su solución a los
problemas, continué mi recorrido pensando, no ya en la mentalidad mendicante del
parásito social, sino en la de cuantos piensan que aquí todo lo tiene que pagar
“El Goberno”.
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